Así lo vivió Riazor | Colección de emociones
La actuación arbitral enfureció de primeras a una afición blanquiazul que terminó celebrando la remontada de su equipo

Lunes, ocho y media de la tarde, cierre de la jornada 36 y una sensación compartida en Riazor: no se podía fallar. El Deportivo saltó al césped sabiendo exactamente qué habían hecho todos sus rivales en la lucha por el ascenso. Un arma de doble filo, según el enfoque que cada uno le quiera dar. Motivación máxima… o presión multiplicada.
Con siete jornadas por delante antes de comenzar y todo en juego, al otro lado llegaba un Mirandés que trata de obrar el milagro y lograr escapar del descenso. “Ojalá nosotros nos salvemos y el Dépor ascienda. Que además en Coruña son muy buena gente. Pero hoy que ganemos nosotros”, afirmaba un aficionado del conjunto jabato en la previa del encuentro.
Pese al horario, la hinchada blanquiazul respondió. Un total de 24.146 personas llenaron las gradas del estadio coruñés, demostrando que, en momentos clave, el deportivismo no falla. No fue, eso sí, una previa especialmente concurrida. El equipo llegó en autobús, pero sin aviso previo del club, lo que redujo la presencia de los aficionados en el recibimiento. Aun así, algunos que acudieron con antelación para aprovechar y tomar algo, se acercaron hasta las vallas para dar ese último aliento al equipo antes de entrar.
Uno de los momentos más emotivos llegó antes del pitido inicial, cuando el Fabril saltó al campo para celebrar el ascenso a Primera RFEF. Riazor se puso en pie para homenajear al filial deportivista, con una gran ovación y un “Campeones, campeones” que resonó con fuerza y orgullo. Pero la sorpresa de la noche estaba aún por llegar. Justo en los segundos previos al inicio, el estadio se vio sacudido por una serie de explosiones de humo azul y blanco que emergieron desde el techo. El efecto visual fue impactante, aunque también desconcertante. El estruendo pilló desprevenidos a algunos aficionados, generando más de un sobresalto en la grada.
El balón comenzó a rodar y en la primera parte no faltaron ocasiones que hicieron levantar a los blanquiazules de sus asientos, pero sí la puntería para que terminaran con las manos en la cabeza. A la frustración por la falta de acierto se sumó el enfado con el arbitraje y varias decisiones del colegiado encendieron a un público que no tardó en hacerse notar. Hasta que todo se rompió cuando, al filo del descanso, llegaba el empate tras un error de Ferllo que terminó con amarilla y penalti para el Mirandés. Desde los once metros, Carlos Fernández, una cara conocida y querida por el deportivismo, no falló. El silencio fue inmediato y durante los siguientes minutos se palpaba el nerviosismo de que el equipo estaba más cerca de encajar el segundo que de reaccionar.
Cuando el árbitro señaló el final de la primera parte, Riazor estalló en una sonora pitada, acompañada de gritos de “¡fuera, fuera!”. Si la primera parte había dejado un ambiente de frustración y enfado, lo que vino después fue una montaña rusa emocional. El Dépor salió del vestuario con otra energía y la grada asumió que, para darle la vuelta al marcador, tenía que empujar a su equipo. Lejos de venirse abajo, decidió apretar todavía más. El partido no estaba perdido, quedaba tiempo y el conjunto blanquiazul necesitaba ese impulso para darle la vuelta. Y así fue.
El empate no tardó en llegar. Mario Soriano encendió la chispa y Riazor liberó toda la tensión acumulada. Pero querían más. Y el Dépor también. Tanto fue así que, apenas ocho minutos después, con la intervención del VAR incluida y la hinchada explotando en silbidos cuando la repetición apareció en el marcador, Yeremay empató desde los once metros. En cuestión de minutos, el partido había dado un giro completo y, con el Mirandés tocado y el Dépor lanzado, el tercero parecía cuestión de tiempo. Y llegó.

Bil Nsongo se sumó a la fiesta con un gol que hizo temblar el feudo coruñés. Pero si algo tuvo esta segunda parte fue que no dejó espacio para la tranquilidad. Cuando el encuentro parecía terminado, el árbitro señaló penalti para el cuadro jabato, pero Ferllo tenía un plan. Todas las miradas de los presentes apuntaron al portero blanquiazul, que miró sereno a Javi Hernández, paró el disparo y se señaló la oreja. Un gesto que hizo que la grada comenzara a entonar un “Ferllo, Ferllo”, mostrando su apoyo al guardameta. El pitido final fue una liberación colectiva. Como ya es tradición, los jugadores se acercaron a la grada para saltar y cantar junto a los suyos. La afición, que había pasado por todos los estados posibles, terminó entregada. “Soñamos, empezamos a soñar”, afirmó emocionada una seguidora al final del encuentro, ya un pasito más cerca de Primera División.









