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Dépor

La rebelión de Bil Nsongo

El camerunés agitó el frente de ataque del Deportivo con una media hora repleta de personalidad

Bil Nsongo recibe la entrada de un Jorge Pulido que fue expulsado con roja directa
Bil Nsongo recibe la entrada de un Jorge Pulido que fue expulsado con roja directa
Fernando Fernández
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Entraba en las quinielas que Samuele Mulattieri fuera el hombre que ocupase la punta de lanza del Deportivo desde el inicio en El Alcoraz. Antonio Hidalgo, con buena rectitud y amparado en los resultados y la imagen mostrada en la anterior semana maratónica, volvió a agitar el árbol sin que le pesase el hecho de venir de “el mejor partido del año”.

Tenía sentido que Samuele Mulattieri relegase al banquillo a Bil Nsongo. El italiano, con un Deportivo que generaba y pecaba de falta de acierto, desatascó a los herculinos ante el Málaga para, además de firmar su cuarta diana del curso, sumar a su buen hacer en la jornada intersemanal contra el Córdoba números que le situasen en la pole de la carrera por el nueve.

El entrenador catalán, fiel defensor de forzar rebeliones como conducta para alcanzar la plenitud individual y por consiguiente colectiva, fue justo con el futbolista cedido por el Sassuolo y le alineó en el once. No se trata solo de activar a la mayor parte posible del vestuario para el tramo final— que también—, sino de premiar el rendimiento del ‘7’, que acumulaba méritos para asaltar la titularidad y razones para no conformarse con un rol de secundario.

Se le abrió la puerta al italiano, pero con la mala fortuna de coincidir con un Dépor anestesiado en lo ofensivo y con un plan de mínimos que no daba frutos. En los 57 minutos que estuvo sobre el campo, contactó con el balón nueve veces y terminó su participación sin la posibilidad de rematar ni una sola vez, ni a puerta ni fuera.

El Deportivo, que solo había realizado dos tiros antes de llegar al tiempo de descanso, transformó su actitud con los cambios y comenzó a volcarse sobre las inmediaciones de Dani Jiménez de forma amenazante. Conscientes de la posibilidad de ser líderes por unas horas, la predisposición era otra completamente distinta.

Riki se adueñó del centro del campo, mientras que Yeremay catapultó a Quagliata para originar la jugada del 0-1 y Bil Nsongo hacía de todo. Desde banda o desde el centro, de espaldas o de frente a portería, en la descarga y en la aceleración.

Cuando uno llega nuevo, le toca ganarse el pan desde el primer día. Y eso implica aceptar lo que venga, incluso empezar desde el banquillo. No es un golpe para un chico que está haciendo sus primeros pinos en el primer equipo. Por ello, lejos de sentarle mal, al delantero le sirvió como gasolina. Entendió que ser titular de un candidato al ascenso a Primera División conlleva tener que apretar y exhibir sus condiciones futbolísticas cada minuto. Cuando le tocó salir, lo hizo con ese punto extra de hambre que solo tienen los que quieren perder el tren del profesionalismo.

Todavía colocándose los guantes, reaccionó antes de su par para quedarse con el balón, girar en dirección portería y dejar en suelo a un Jorge Pulido que intentó frenarlo, pero se quedó atrás. Jesús Álvarez, visto lo visto, decidió cortar de raíz con un agarrón y dejar en una falta de tarjeta amarilla la progresión del camerunés.

Ingresó al verde con personalidad. Tanto que no dudó en finalizar aún con Yeremay al lado, en una posición más ventajosa y solicitándole el esférico. Bil evidenció en media hora que domina muchos registros y que todos permiten a los de Antonio Hidalgo atacar con más veneno y maldad.

17 toques de balón realizó el delantero camerunés, el doble que Mulattieri en 24 minutos menos.

Incluso en el remate de cabeza, uno de los principales puntos de mejora de un combinado que solo ha anotado tres en todo el campeonato. Altimira avanzó por el carril derecho y levantó la testa para, esta vez sí, encontrar a una referencia a quién servirle la pelota. El envío fue bueno, el testarazo espectacular. Sobre todo por el salto por encima de un Íñigo Piña que se mantuvo con los pies en el suelo para desequilibrarlo en el aire. El guardameta oscense emprendió el vuelo y, a mano cambiada, evitó el tanto del deportivista.

17 toques de balón— ocho más que Mulattieri—, pleno de regates completados (2) y tres tiros realizados. Esa fue la consecuencia a su rebelión. Bil Nsongo no solo agitó el partido, sino que dejó claro que quiere el sitio y las responsabilidades.

Con desparpajo, hambre y determinación, convirtió 33 minutos en una candidatura para volver a gobernar el frente de ataque.

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