
En su discurso navideño de 2024, Inés Rey presumió de que Riazor sería “bimundialista”, expresión acuñada por este periódico, diario que apoyó desde el primer momento una candidatura que situaba a la ciudad por segunda vez en la historia como cabeza de cartel del segundo mayor evento deportivo del planeta. “A base do noso éxito como cidade foi nunca sentirnos acomplexados, senón aspirar ás alturas. Quen non asuma ese espírito, rompe coa mellor tradición da Coruña”, dijo (y dijo bien) la alcaldesa aquel 20 de diciembre ante más de 400 personas. En ese mismo salón de plenos en el que resonaron estas palabras, compareció ayer para anunciar, “por responsabilidad”, la renuncia de la ciudad a la gran fiesta de la FIFA, puesto que la hipoteca a pagar es demasiado cara “por tres partidos”. Lo hizo acompañada por el presidente del Deportivo (y el de la Diputación, promotor del feliz acuerdo). ¿Qué ha ocurrido entre una escena y otra? Eso se pregunta la ciudadanía, aún algo desconcertada por el desenlace, por previsible que éste fuese dado lo (no) acontecido en los últimos meses.
La FIFA había elegido la ciudad para formar parte de su exclusivo club, para participar en un acontecimiento planetario que, como un eclipse solar total, pasa por España muy de cuando en cuando. A Coruña hizo los deberes, entró entre las once elegidas y a partir de ahí se acabaron las buenas noticias. No es que se echase a sestear, pues se trabajó a fondo para lograr financiación privada. Pero esa no era la pata más coja de la mesa. El talón de Aquiles del proyecto Riazor 2030 fue no haber ido siempre de la mano con el inquilino del estadio, que es, para orgullo ciudadano, el Deportivo. Para el club, la ampliación del estadio que exigía la FIFA era desmedida, pues la asistencia media es de 20.000 personas y se le exigían 43.000 asientos en lugar de los cerca de 33.000 actuales. Esto amenazaba con convertir el Riazor posmundialista en “Lonaídos” (así rebautizó la hinchada blanquiazul Balaídos en aquellos tiempos en los que el club celeste tapaba las gradas vacías con lonas) y planteaba muchos interrogantes, como a quién correspondería el mantenimiento de esas localidades extras destinadas a no ocuparse nunca salvo en partidos muy puntuales.
Por una parte, el club no quería un estadio desproporcionado y que no se correspondiese con la demanda real, lo que tiene su lógica. Por la otra, y en virtud del compromiso firmado con la FIFA, el Ayuntamiento estaba obligado a ampliarlo y, por tanto, se encontraba “entre la espalda y la pared”, que diría Caneda. Y así se llegó al callejón sin salida de los últimos meses. Con el Gobierno local sin atreverse a licitar un proyecto que está redactado, y un Deportivo perplejo ante la falta de noticias concretas sobre la reforma del estadio del que es inquilino principal en base -oportuno resulta recordarlo- a un convenio firmado con el propio Ayuntamiento. Para mañana estaba prevista la visita de unos emisarios de la FIFA que, esta vez, iban a pillar a Riazor sin los deberes hechos, lo que abocaba a corto plazo a un suspenso y a una retirada de la invitación. Antes de que la tostada se quemase, María Pita ha decidido devolver la tostadora.
En las últimas semana se ha trabajado con discreción en el acuerdo que ayer se escenificó en el salón de plenos y que este periódico avanzó el pasado martes: una salida pactada en la que el Ayuntamiento renuncia a hacer un Riazor para el Mundial 2030 para aceptar reformar uno a la medida del Deportivo. Dada la situación de bloqueo de la candidatura, tiene todo el sentido del mundo, y, además, siempre es una gran noticia que gobierno local y club vayan de la mano.
Guiado por su coruñesismo, este periódico apoyó la candidatura Riazor 2030. Por el mismo motivo respalda desde ya mismo la futura reforma, que ha nacido de la mejor forma posible, con un acuerdo escenificado por los dos máximos representantes del Ayuntamiento y el club en la casa de todos los coruñeses, que es el Palacio Municipal.
¿Cuál será ese nuevo proyecto? Más allá de que se quiere que Riazor se use gran parte del año para eventos no futbolísticos -lo que María Pita lleva tiempo deseando- y que afectará también a las polideportivas y al Palacio de los Deportes, por ahora se desconocen los detalles. Como se aprende de los errores, seguro que se presentará con transparencia, oportunidad y, sobre todo, se desarrollará en armonía. Dice el refrán: “Lo que bien empieza, bien acaba”. Confiamos en ello.








