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Dépor

Y el volcán de Riazor entró en erupción

El descontento latente de las últimas semanas cristalizó en un ambiente crispado durante el Deportivo-Granada que se multiplicó con el paso de los minutos

La afición del Dépor se marcha de Riazor antes del pitido final
La afición del Dépor se marcha de Riazor antes del pitido final
QUINTANA
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Hace unos días, unos cuantos kilómetros al sur de Riazor, Álvaro Arbeloa sacaba pecho después de que, tras dos derrotas consecutivas, el Madrid venciera al Celta con un gol de rebote en el tiempo añadido. “El Madrid juega a ganar”, contestó el exdeportivista, ahora responsable del banquillo blanco, cuando le preguntaron qué trataba de hacer su equipo sobre el césped para, precisamente, conseguir los resultados. Antonio Hidalgo no ha pecado nunca de esa arrogancia desde que tomó las riendas del Deportivo, pero en las últimas semanas sí ha tenido la tentación en varias ocasiones de sacar a relucir su hoja de servicio como entrenador blanquiazul y el fondo, que no las formas, no distaba demasiado de ese postulado. “Nunca me había pasado que estando cuartos y tras una victoria el ambiente fuera tan pesimista”.

El caso es que el fútbol es, entre otras muchas cosas, siempre traicionero. “Aquí, como des un golpe en la mesa, a la mínima te echan del bar”, suele decir un entrenador que conoce bien de qué va el oficio. Y si ese golpe en la mesa se sostiene única y exclusivamente con los resultados, más vale respaldarlo cada semana con ese mismo combustible, porque la alternativa es vivir algo como lo que sucedió este domingo en Riazor.

El Dépor salió al césped entre un nuevo show previo con la opción de colocarse segundo en la clasificación y recuperar ese privilegio de depender de sí mismo para optar al ascenso directo. E incluso antes de que el árbitro pitara el inicio del encuentro, ya se habían escuchado los primeros pitos. La partitura de esa música de viento que ningún equipo quiere escuchar empezó con una sinfonía dedicada al propio Antonio Hidalgo, pero pronto siguió con el estribillo hacia los futbolistas. No fue necesario siquiera que el Granada marcara el primer tanto para que los casi 20.000 presentes mostraran de forma rotunda que la paciencia estaba al límite.

Muchos se sorprenden. Especialmente los que no viven el día a día del Dépor. También quizá dentro, a los que les cuesta entender por qué la reacción de la afición fue como si de una derrota para caer a puestos de descenso se tratase. Probablemente lo más inteligente, en lugar de dudar, sea hacerse preguntas. Para empezar, ¿cómo es posible este nivel de hastío con un equipo que apenas ha abandonado los puestos de playoff un par de semanas en toda la temporada?

Porque además, como era de esperar, Riazor entró en erupción sin aviso previo. Al menos para los que prefieren no darse por enterados. De 0 a 100 para mostrar un descontento que era más que evidente a poco que uno se preocupara de tomar el pulso en cada encuentro o seguir las redes sociales. Esas que, por más que nos empeñemos en tratar con condescendencia por pensar que no representan la realidad, terminan siendo decisivas a la hora de generar corrientes de opinión en todos los ámbitos. También en el fútbol. Los años de barro, y probablemente también otros incentivos que no vienen al caso, han hecho madurar a la parroquia blanquiazul. Riazor siempre ha sido exigente y no hace tanto el ambiente era mucho más hostil si un equipo ofrecía lo mismo que ofrece este Dépor. Pero no se debe confundir madurez con inocencia. Porque todos los que acuden semana tras semana al estadio saben de qué pie cojea el equipo, aunque muchos decidan tragar si a cambio reciben victorias.

Foco en el banquillo… y en el césped

Por supuesto, y esto no es exclusivo del Dépor ni de A Coruña, las miradas apuntan siempre al banquillo. El runrún con Hidalgo lleva semanas evidenciándose en cada encuentro del equipo como local y en Zubieta, antes de que la victoria en el descuento lo cambiara todo, los seguidores desplazados a tierras vascas le pidieron amablemente que se fuera. Nunca ha gustado tampoco su forma de gestionar su imagen ante los medios de comunicación. Sea su responsabilidad o de quien no ha sabido asesorarle, el técnico catalán ha jugado siempre a la defensiva delante de los micrófonos, algo por donde se puede empezar a explicar la aversión que cada vez más seguidores le tienen a una figura que a nivel de números tiene poco reproche.

“Es el peor partido desde que estoy aquí”, apuntaba después de la derrota ante el Granada. Aunque él sea el primero en saber que el Dépor ha jugado muchas veces este partido a lo largo de la temporada, aunque el desenlace fuera diferente y retrasara la inevitable cocción. Fue una versión del conjunto coruñés muy similar a otras recientes que terminaron en victoria. Un grupo sin identidad, que volvió a sufrir cuando quiso ir a robar alto, que concedió una y otra vez cuando decidió quedarse en la cueva. Un grupo que, con la pelota y ante ese cometa que suele ser un mal partido de Mario Soriano, no tuvo ningún otro recurso ni argumento con la pelota.

Pero como cuando la marea sube de golpe no hay pantalón que quede seco, el foco empieza a estar compartido con algunos futbolistas. Eddahchouri, otrora elogiado por su capacidad goleadora, fue el primero en recibir un aviso antes del minuto diez de partido, cuando ya la había pifiado en tres ocasiones. Pasó lo mismo con José Ángel. Pasó, en general, con un colectivo que, como le ha sucedido a varios en los últimos tiempos, empieza a notar el peso de Riazor en las piernas. La situación exige un liderazgo y personalidad que desde luego no se demuestra dejándole el marrón de hablar tras lo vivido el domingo en Riazor a dos recién llegados como Altimira y Riki.

Quedan trece jornadas para que termine la temporada regular y el escenario no debería ser tan apocalíptico como se presenta. Pero la realidad es que si Hidalgo y los suyos no han sido capaces de aprovechar el tiempo que ganaban para construir unos cimientos sólidos mientras ganaban partidos, parece complicado cambiar el rumbo una vez cruzado este punto de no retorno en el que cada tropiezo va a suponer una nueva erupción.

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