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Dépor

El fútbol premia y luego castiga al Dépor ante el Cádiz (2-2)

Al equipo blanquiazul se le escapó el triunfo en los últimos minutos después de ser mejor durante buena parte del encuentro.

Yeremay, tratando de irse con la pelota en Deportivo-Cádiz
Stoichkov, tratando de irse con la pelota en Deportivo-Cádiz
PATRICIA G. FRAGA
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No le ha dejado el año nuevo al Deportivo la victoria, pero quizá sí una fórmula en la que incidir para tratar de reconducir una mala racha que ya se va a los cuatro partidos sin ganar. Esta vez el triunfo se escapó ante el Cádiz (2-2) en los minutos finales después de ser mejor durante buena parte del encuentro, pero pecar, de nuevo, de los males recientes: poca malicia en el área contraria, demasiada inocencia en la propia.

La suerte hay que buscarla, dicen todos aquellos que se alían con la Diosa Fortuna para solventar muchos de los contratiempos que la vida le pone en el camino. Sea por el destino, sea, efectivamente, por el azar, el Deportivo, que llevaba más de dos partidos y medio sin marcar un tanto, se encontró con dos antes de la media hora frente al Cádiz gracias a sendos rebotes que dejaron al meta Víctor Aznar volando a por balones imaginarios. Pero aunque la finalización tuviese ese punto de accidental, la elaboración había cumplido un papel fundamental en llegar a ese instante decisivo en el que los defensas cadistas decidieron echar un cable involuntario.

El encuentro que despidió el año ante el Andorra había dejado un mal sabor de boca no solo por la tercera derrota consecutiva, sino por la sensación de que un equipo con Yeremay, Mario Soriano o Luismi Cruz no tenía más plan que mirar al cielo mientras esperaba que bajaran los pelotazos de Germán Parreño. El ilicitano, con poca culpa de lo sucedido en el Principado, fue el primer sacrificado de Hidalgo. “Le he dado vueltas en el parón”, apuntó el técnico en la previa. Y tanto. Cuatro cambios en el once que estrenó 2026, incluidos los dos nuevos fichajes, pero sobre todo giro radical a la idea. El Dépor estrenó la nueva hoja del calendario queriendo el balón, algo que no había podido decirse de muchos de los últimos encuentros.

Ese atrevimiento. Ese querer el balón para tratarlo bien y no para castigarlo lo ejemplificó Altimira, cuya puesta en escena como blanquiazul no pudo ser mejor. Quizá no tenga la agresividad de Ximo Navarro en defensa, aunque sí se mostró pegajoso. Pero desde luego tiene muy claro que al fútbol se juega con el balón en el pie y a ras de suelo. Partiendo del nuevo lateral deportivista y con la asociación de Luismi Cruz con Mario Soriano, de repente el Dépor era capaz de salir de cualquier presión del rival. En los primeros minutos juntó pases cada vez que logró la posesión para plantarse en último tercio con ventaja y, sobre todo, con efectivos. Así llegó el primer tanto. Pelota de lado a lado hasta que Mella encontró abierto a Quagliata. Mario Soriano se inventó un atajo donde no había demasiado para meter el balón en el área, donde volvió a aparecer el de Teo, que disparó, o centró, para que el balón acabara en la portería rival tras tocar en un defensa. Decisiones y consecuencias.

Con los buenos sobre el verde, el equipo herculino se sintió cómodo con la redonda y buscaba poco a poco convencerse de que podía ser ese equipo que tiene el control. Sufría poco, además, con correctores de lujo como Villares, Loureiro o el propio Altimira. Un despiste de Yeremay a balón parado abrió la puerta del empate del Cádiz, pero poco duró la tristeza. Unos minutos después, de nuevo la suerte. Quizá. De nuevo una jugada en la que el Dépor metió a tres jugadores en el área y a dos en la frontal, obligando al equipo de Garitano a recular. Uno de ellos era Villares, que disparó y se encontró la colaboración de Moreno, que sumó su segundo tanto de la tarde, solo que este en la portería equivocada.

Dominio incompleto

Y claro. Cuando se trata de tener el balón, contar con Mario Soriano moviéndolo para ti suele significar que las opciones de ganar crecen de forma exponencial. El madrileño se agigantó en la segunda parte más o menos lo que el ego de Alejandro Ojaos, que cumplió con lo que se espera de un árbitro joven que viene a Riazor. Que se guste. Primero le perdonó la expulsión a Ocampo de forma tan grotesca que, como si estuviesen compinchados, Garitano lo sacó del campo al minuto siguiente. Luego retó a Quagliata en un cruce de gestos y miradas hasta que el italiano picó. Ahí sí hubo amarilla.

Para entonces el Dépor ya había encontrado la forma de castigar la valentía del Cádiz yendo a presionar. Altimira y el propio Soriano siempre encontraban la puerta para salir. El problema estaba arriba. Buena parte de los ataques no acababan ni en ocasión por las malas decisiones en el último tercio. Y los que lo hicieron se encontraron con buenos bloqueos, esta vez sí, de la zaga amarilla. Luismi y Stoichkov tuvieron las más claras, pero se estamparon contra el reformado muro amarillo.

Pero no está el cuadro herculino en esa dinámica. Más bien en la opuesta. En esa que cada fallo se penaliza en exceso. Fue lo que sucedió a cinco minutos del final. Hidalgo tendrá que seguir trabajando en el veneno, porque un equipo que quiere ascender no puede recibir un tanto en el tramo final como el que encajó el Dépor. El cuadro blanquiazul perdió el balón en campo contrario, bien colocado. Villares tuvo la opción de hacer falta y cortar la contra antes de que naciese. No lo hizo. Segundos después, Tabatadze, que acababa de entrar, rompió a Barcia para silenciar Riazor con el gol que ponía un decepcionante empate en al luminoso.

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