La crónica de ocho años de un turbulento viaje del barro al cielo
El Deportivo vuelve a Primera fortalecido, con un modelo de club diferente y la deuda pagada, tras un camino que se trufó de ilusiones y decepciones

Han sido ocho años, pero parecieron 80. Dos descensos, dos ascensos, tres playoff que acabaron en lágrimas, cuatro años de amargura en una categoría impropia de club, ciudad y afición para competir contra Guijuelo, Marino de Luanco, Calahorra, Tudelano o Cornellà. Se perdió en Coruxo, en Riazor ganó el Compostela y, dos veces, el Celta B. Una pandemia lo convirtió todo, si cabe, en más distópico. Pasaron seis presidentes con una prole de consejeros a su vera, once entrenadores, decenas de futbolistas, bastantes de ellos de medio pelo. Han sido más de 300 partidos de Liga y decepciones de todo tipo, de las que curten. Mallorca, Fuenlabrada, Albacete, Castellón… Por el camino se fue por el desagüe el capitalismo popular y se cambió el modelo de club con una propiedad que ahora controla el 99% de su accionariado.
Todo ha cambiado, sigue el Deportivo, que vuelve a Primera División. Y su gente, que jamás le abandonó en el camino, con un sostén social que conmociona incluso a los más taimados, lista de espera para hacerse socio y seguimiento masivo en los desplazamientos de aficionados que sienten el deportivismo aunque no sean coruñeses. Nunca tuvo tanto seguimiento el equipo como en estos años de hierro, en Riazor y lejos del estadio. Ocho años después vuelve el Deportivo entre los grandes, lo hace también vigoroso en lo económico porque ha liquidado la deuda que le lastró tantos años como una pesada mochila que algunos, en medio del purgatorio, aseguraban portar bendecida. Quizás una somera crónica de los avatares sucedidos sirva como aprendizaje para no reproducir en el futuro pasados errores.
El Deportivo cayó a Segunda sin ambages. Lo hizo en medio de una importante brecha social que no le ayudó a evitar la caída. Se fue de Primera División tras ganar apenas dos de sus últimos 23 partidos y en medio de un fallido experimento con Clarence Seedorf a los mandos. Para entonces el Consejo de Administración presidido por Tino Fernández ya había hecho un casting para encontrar un director deportivo que conformase un plantel capaz de devolver al equipo a Primera. Y le dio la manija a Carmelo del Pozo, un castellano sin retranca que lanzó una advertencia: “Hay que mentalizar a la plantilla que van a estar de Segunda y que son jugadores de Segunda División”.
Aquel verano el presidente había revalidado su cargo en una junta de accionistas en la que recibió el apoyo del 98,99% de un accionariado en el que nadie detentaba más del diez por ciento de los títulos. Pero el runrún no dejó de acompañar al equipo. Del Pozo confeccionó un plantel en el que el tiempo ha puesto en valor a varias de sus piezas. Edu Expósito, que dio el salto desde el que algunos ningunearon como “el Fabril de los catalanes” se ha consolidado en Primera y dejó en torno a 5 millones de euros de plusvalía al club. Domingos Duarte también hace una carrera entre los grandes. Pablo Marí es un futbolista de élite que pasó por Flamengo, Arsenal y Fiorentina, entre otros, y ahora colecciona petrodólares, y Carlos Fernández, maltratado por las lesiones, acabó firmando un largo contrato con la Real Sociedad, todavía poseedora de sus derechos. Pero aquel equipo tenía también alguna tacha, especialmente en la medular, que le acabó pasando factura. Para entonces ya no estaba en el banquillo Natxo González, el primer elegido de Carmelo, que se lo arrebató al Zaragoza en una operación que se conoció cuando los maños estaban inmersos en el playoff de ascenso. Natxo, que ofreció excelentes tardes de fútbol con su rombo en la medular, perdió el control de la situación en el inicio de la segunda vuelta. Las constantes convulsiones se lo llevaron por delante en un mes de abril de 2019 que dejó claro que el modelo de club que tenía el Deportivo ya no era viable, que solo se sostendría con una propiedad fuerte e inmune a los vaivenes del complicado entorno que tuvieron que soportar sus antecesores.
Natxo hizo las maletas tras una derrota en Riazor contra el Rayo Majadahonda. El equipo era quinto, a siete puntos del segundo, el Granada. Acabó sexto a once tras jugar nueve partidos, de los que ganó cuatro, a las órdenes de Pep Lluís Martí. Y ahí se barajaron las cartas de nuevo en un playoff al que el equipo arribó pleno de ambición. En el primer cruce dejó atrás al Málaga tras una vibrante ida con remontada (de 0-1 y 1-2 a 4-2) en Riazor y un triunfo en La Rosaleda (0-1). La final pareció encarrilarse en Riazor con un 2-0 al Mallorca que hasta pareció escaso si se considera que el rival jugó más de media parte con un hombre menos, tras expulsión de Pedraza en una alevosa acción que llevó a Álex Bergantiños al hospital y le impidió jugar el choque de vuelta en Son Moix. Allí todo lo que pudo salir mal salió peor. En el recuerdo quedan varias situaciones sobre las que todavía hoy se debate porque se conformó una alineación sin mediocentro defensivo en la que no estaban tampoco de inicio Carlos Fernández o Fede Cartabia. Con todo, el 3-0 que le dio el ascenso a los locales se pudo revertir en una acción final inolvidable, un remate de Pablo Marí que en el último momento viró hacia fuera cuando parecía colarse junto al palo. Fue la noche de San Juan más triste, con toda la ciudad en la calle el equipo falló cuando todo parecía a favor y el autobús sin techo para recorrer todo el Paseo Marítimo en llamas estaba preparado.

Para entonces ya era presidente Paco Zas. Tino Fernández y su Consejo de Administración se fueron quince días después que Natxo. Cuando llegaron al club el Deportivo debía algo más de 160 millones de euros y en su adiós había enjugado casi la mitad de esa de deuda y tenía calendarizado el resto en un plan de pagos que se cumplía puntualmente y que, evidentemente, se sustraía de inversión en otros asuntos, entre ellos en reforzar aún más la plantilla. Tino se fue y delegó sus acciones en Zas, que juntó más que Fernando Vidal, que era el responsable de la parte deportiva del club cuando llegó al Deportivo con el expresidente. Tras la elección Vidal clamó: “Zas no es un presidente fuerte”.
La fractura social en el deportivismo se ahondó tras el fracaso en Mallorca. Carmelo del Pozo siguió al frente de la planificación futbolística, pero el presupuesto para confeccionar la plantilla se había reducido sustancialmente. Los mejores futbolistas del equipo (Duarte, Marí, Carlos Fernández, Quique González, Edu Expósito o Fede Cartabia) buscaron otros destinos y Del Pozo rehizo la plantilla con futbolistas de peor nivel. Ni acertó con la mezcla ni con la elección del entrenador, un Anquela que pareció totalmente superado y al que le entregaron el finiquito tras diez jornadas. Zas, no Del Pozo, decidió confiar entonces en Luis César. Y ahí se ahondó en el desastre. El equipo acumuló 19 jornadas sin ganar y casi en la víspera navideña tras una derrota en Ponferrada lucía último en la clasificación a nueve puntos de los puestos de permanencia y con un partido de la primera vuelta por jugar. Zas anunció entonces su marcha. Apenas estuvo al frente del club durante siete meses y presencia desde el palco cinco victorias del equipo, la última ante el Tenerife en una víspera navideña en la que ya había anunciado que dejaba el cargo.
Tino Fernández que todavía tenía el apoyo de una buena parte del accionariado se abstuvo entonces de intervenir y la puerta se le abrió, al fin, a Fernando Vidal, que a la postre fue presidente del Deportivo menos de trece intensos meses en los que se declaró una pandemia mundial mientras el club cambiaba su modelo accionarial y caía finalmente por tercera vez en su historia al tercer escalón del fútbol nacional. La llegada del nuevo presidente estuvo precedida por una interinidad de uno de los miembros de su equipo, Toño Armenteros, que firmó el regreso de Fernando Vázquez al banquillo. Vidal, que le había liquidado en 2014 tras el ascenso a Primera, apostaba por él en 2019 para tratar de salvar al equipo de una caída a Segunda B. No era la única modificación sensible porque el nuevo presidente llegaba con un acuerdo con Abanca bajo el brazo que presentó como esencial en caso de descenso y, en todo caso, vital para reforzar al equipo en el mercado de invierno y pelear por escalar puestos en la tabla.
El Deportivo debía en aquella altura algo más de 80 millones de euros y tenía un capital social ocho veces menor, así que ampliar capital y más cuando los ingresos por derechos de televisión ya no eran los de la máxima categoría, resultaba inevitable. Para que LaLiga admitiese que parte de ese dinero se destinase a reforzar la plantilla se articuló la aportación económica de Abanca a través de un crédito participativo de cinco millones de euros. En torno a una quinta parte de ese dinero se destinó a adquirir refuerzos de la mano de Richard Barral, que también volvió al club como hombre fuerte de la dirección deportiva en detrimento de Carmelo del Pozo. Así, con el dinero que llegó desde la entidad bancaria se adquirió a Beauvue, Keko Gontán, Uche Agbo, Jovanovic, Emre Çolak, Hugo Vallejo, Abdoulaye Ba y Sabin Merino, el único de todo ese elenco con el que había negociado Del Pozo, que había apuntado, por ejemplo, al hoy internacional Jorge de Frutos, que sin minutos en el Valladolid acabó cambiando A Coruña por Vallecas. En su lugar se le firmó un contrato de dos años y medio, que luego se renovó por dos más, a Keko Gontán.
Por el camino feneció el capitalismo popular. El control del club ya no dependía de la panoplia de 25.000 pequeños accionistas que convirtieron durante años al Deportivo en una particular sociedad anónima deportiva. Vidal explicó su punto de vista. “Soy un romántico de ese capitalismo popular, lo que pasa es que esto va de dinero”, aclaró. Abanca había aportado cinco millones en enero con el compromiso de capitalizar ese dinero en acciones y tomar así el control del club. “Jamás vi una empresa tan escarallada como el Deportivo”, había deslizado el presidente del banco, Juan Carlos Escotet, en la presentación de la operación. El banco había dado un paso adelante para que, mediante un préstamo, el Deportivo cancelase tres años atrás una deuda de 43,5 millones de euros con la Agencia Tributaria (la administración concursal había señalado en marzo de 2013 que la deuda total con el fisco era de 93,7 millones). Su entrada estaba prevista para el 17 de marzo, pero el confinamiento retrasó esa llegada al 28 de julio. Aquella tarde de verano en el Palexco coruñés, con aforo limitado por la pandemia, se aprobó además una ampliación de capital de 30 millones de euros por la que el banco capitalizaría deuda por acciones y una segunda ampliación, abierta, de 35 millones más. Abanca tomó el control del club con un 76% de su accionariado y la deuda total pasó de golpe de 90 millones a 55.
Para entonces el club peleaba en los despachos su continuidad en Segunda División tras un rocambolesco e injusto final de temporada que le impidió jugar con el resto de los rivales en la batalla por el descenso en la última jornada. “Ni nos beneficia ni nos perjudica”, apuntó Vidal ante las cámaras de televisión cuando se supo que el Deportivo, que necesitaba al menos un fallo ajeno para salvarse, no iba a saltar el campo mientras el resto de sus rivales por la permanencia lo iban a hacer. Pero los resultados de todos esos equipos implicados, y en especial un postrero gol del Albacete en Cádiz, dejaron al equipo sin opciones. Fue entonces, dos horas después de las palabras de Vidal y en medio del clamor popular en las redes sociales, cuando el club reclamó la repetición íntegra de la jornada.
No hubo caso. El conocido como Fuenlabrote acabó por castigar a un equipo que se había situado al filo de la permanencia y que la dejó pasar antes de la última jornada con tres derrotas consecutivas (Málaga, Extremadura y Mirandés). Especialmente dolorosa fue la sufrida contra el equipo de Almendralejo ante un estadio de Riazor desierto. Se llevó los puntos que no necesitaba un rival descendido que castigó al equipo con dos goles del coruñés Pinchi sobre la hora.
Vázquez había logrado extraer rendimiento al equipo a partir de la base de los jugadores que habían llegado en verano, hasta el punto de que en uno de los partidos decisivos del tramo final del campeonato, contra el Huesca en Riazor, llegó a presentar un once sin ninguno de los refuerzos de invierno, pero no resultó suficiente. El Deportivo se fue a Segunda B tras sumar 51 puntos, un hito jamás visto desde que hay liga de 22 en Segunda División. Se quedó a diez puntos de un playoff que incluso llegó a ilusionarle y al que entró como sexto clasificado el Elche gracias a la victoria deportivista sobre la hora, con penalti transformado por Beauvue, contra el Fuenlabrada en un partido que se jugó 18 días después que el resto de la última jornada de Liga, con el Deportivo ya sin opciones matemáticas de evitar la quema.
“Estoy convencido de que es el principio del fin de Tebas”, dijo Vidal cuando el club se desplomaba y mientras la expedición del Fuenlabrada cumplía cuarentena en el Hotel Finisterre. Se habló de una Liga de 24, incluso de una de 26, pero todo se enredó con episodios vergonzantes como la detención e interrogación de Álex Bergantiños para ser interrogado en la comisaría de Lonzas por policías llegados desde Madrid. Al final, y ante la sorpresa generalizada, el Tribunal Administrativo del Deporte (TAD), órgano adscrito al CSD, resolvió a favor de LaLiga en el conflicto que tenía con la RFEF para otorgar las competencias sobre el caso. Un juez instructor había propuesto al Comité de Competición días antes el descenso de categoría del Fuenlabrada por “conducta muy grave”. Pero todo murió cuando el TAD expuso que la competencia para resolver era del Juez de Disciplina Social de LaLiga, que ya había dejado claro que el Fuenlabrada era inocente. Hoy, seis años después de todo aquel sainete el Deportivo está en Primera División y el Fuenlabrada, del que su presidente Jonathan Praena avisaba que en 2030 pelearía por Europa, acaba de descender a Tercera RFEF.
El Deportivo se aprestó a competir en Segunda B en una campaña nada común. La pandemia provocó un torneo en formato exprés que hacía un corte tras una liguilla de 18 jornadas que definiría qué equipos iban a pelear por el ascenso. El formato iba a repartir para la siguiente campaña a los 100 equipos participantes en la categoría en hasta cuatro escalones diferentes: Segunda División, Primera RFEF, Segunda RFEF y Tercera RFEF. Y al Dépor no se le habían despejado las calamidades porque no solo fue incapaz de ubicarse entre los equipos que pasaron la primera criba por el ascenso sino que estuvo en serio peligro de caer a Segunda RFEF, el cuarto escalón del fútbol nacional. Lo evitó primero un triunfo ante el Pontevedra en Riazor que salvó el meta Lucho García con una providencial parada que evitó un catastrófico empate en los instantes finales del partido.

Aquella campaña, sin topes salariales, el Deportivo conformó un equipo desmesurado en gasto y pobrísimo en talento y rendimiento. En 24 lamentables jornadas coleccionó derrotas ante Coruxo, Langreo, Compostela o Celta B, estas dos últimas en Riazor. Vidal y Barral volvieron a laminar a Fernando Vázquez, que fue destituido en cuanto perdió, literalmente, dos partidos y con el equipo segundo en la tabla en un modelo de competición en el que los tres primeros se garantizaban la opción de seguir en la carrera por el ascenso en una liguilla final que daba paso al playoff. A Vázquez le sustituyó Rubén de la Barrera, que tardó en extraerle rendimiento al equipo, cuarto al final de los primeros 18 partidos y descartado para el ascenso en marzo.
A esa triste primavera en la que se compitió por una plaza en Primera RFEF y evitar una nueva caída ya no llegó Vidal en la presidencia. “No estamos dimitiendo, damos un paso al lado porque nos lo han pedido y nos han mostrado la puerta de salida”, explicó en el adiós de su Consejo de Administración. El 8 de febrero de 2021 la nueva propiedad había dado su primer golpe en la mesa y empezó a gestionar el Deportivo. La primera campaña en la tercera categoría del fútbol español se cerró con pérdidas de 7,6 millones de euros, tras ingresar 11,8 y gastar 19,4, de los que el 60% se destinaron a una plantilla que se creía confeccionada para lograr el ascenso, pero que acabó peleando por no bajar a Segunda Federación. El principal accionista del club asumió las pérdidas no sin antes prescindir del Consejo de Administración presidido por Fernando Vidal. Y en diciembre de 2021 aportó 12 millones de euros más. “Son cantidades importantes a tener en cuenta. Aunque se haya normalizado, estás partidas influyen seriamente en nuestra realidad”, deslizó el nuevo presidente Antonio Couceiro en junta de accionistas.
En lo futbolístico se optó por un reinicio. Barral salió del club y la manija de la secretaría técnica se le encomendó a Carlos Rosende, un treintañero deportivista que compaginaba su trabajo en medios de comunicación con colaboraciones con Barral y, después, con Del Pozo, que promovió su incorporación al club para trabajar en el área de captación. Con apenas dos años de experiencia en la cainita rueda del fútbol se convirtió en el responsable de la confección de la plantilla del primer equipo mientras el equipo juvenil ponía en valor el trabajo que se hacía en Abegondo al ganar la Copa de Campeones tras derrotar a Real Madrid y Barcelona.
Dos de aquellos campeones juveniles, Noel y Trilli, se instalaron en el primer proyecto que Rosende, y su mano derecha Juan Giménez, conformaron para el primer equipo. El entrenador elegido fue Borja Jiménez, al que se le suponía pericia para dar el salto de categoría porque lo había conseguido con Mirandés y Cartagena. A la ciudad llegó un tipo que siempre sonreía en las ruedas de prensa y ya solo con esa actitud le daba un barniz desdramatizador al panorama que le rodeaba. “Será un camino muy largo”, advirtió en el día que fue presentado como entrenador del Deportivo. No se equivocó.
Y fue una ruta que comenzó con el mismo regocijo que trataba de transmitir el entrenador: en las primeras veinte jornadas el Deportivo apenas perdió dos veces, sendas salidas consecutivas a casa de Unionistas y Real Unión. En Irún además el equipo hizo un espléndido partido. Todo funcionaba, la grada se solazaba además con la eclosión de Noel, un nuevo ídolo de la casa, y con el talento de dos incorporaciones que elevaron el nivel colectivo, Juergen en la medular y Quiles en la delantera. Además un menudo futbolista (no el que llevaba el dorsal diez con ese apellido y que pasó de puntillas antes de su despido) empezaba a destacar. Había llegado cedido casi sobre la bocina del mercado de verano y no toda la grada le entendió desde el primer momento. Se la tuvo que ganar Mario Soriano y lo hizo.
El Deportivo mandó durante la primera vuelta en aquella Liga. Lo hizo además con momentos épicos que en el imaginario colectivo querían remitir a un relato de ascenso porque se empezaron a sumar victorias fuera de casa con goles en los instantes finales de partido (Miku a la Cultural, De Camargo al DUX Internacional, Quiles en Zamora) y ante una afición entregada que, superados los rigores de la pandemia, se empezó a desplazar de forma masiva con el equipo. El Dépor era local en todos los campos y lo fue también en aquel partido entre semana en una congeladora noche de enero zamorana en el que la valla del Ruta de la Plata se vino abajo ante el éxtasis de un gol en el minuto 90. Tras aquel partido, el primero de la segunda vuelta, el Deportivo lideraba la tabla con seis puntos de ventaja sobre el Racing de Santander y trece respecto al quinto clasificado, el primero que no entraría en el playoff de ascenso. Pero de manera inopinada todo dio un vuelco porque el equipo ganó apenas dos de los nueve partidos siguientes, entre ellos el que le enfrentaba al Racing en Riazor y que los cántabros lograron aplazar por un supuesto brote de covid que al final no fue tal. Días antes, el Barcelona había tenido que jugar en Mallorca un partido a pesar de tener ocho bajas por covid.
Lo que sucedió fue que el Racing, al final, llegó en mejor condición que el Deportivo al partido que definió el campeonato. Ganó en Riazor (0-1) y a partir de ahí le sopló el viento a favor. En quince jornadas, entre diciembre y finales de abril, ganaron trece partidos y empataron dos y firmaron el ascenso directo. El Deportivo debía de jugárselo en un playoff.
El ascenso era imperativo. Y se pusieron todos los medios para lograrlo. Un convenio trianual, que finalmente fue papel mojado tras el primer año, entre la RFEF y la Federación Gallega de Fútbol, entonces presidida por Rafael Louzán, trajo los partidos decisivos a nuestra comunidad. Y el Deportivo además iba a jugar en Riazor. El ascenso estaba a dos partidos de distancia y en casa. No hacía falta ni siquiera ganar porque el equipo, por su clasificación en la Liga, tenía ventaja en caso de empate tras prórroga. La semifinal acabó en fiesta, cuatro goles al Linares y un escenario de ilusión colectiva como no se recordaba. Las imágenes previas a la final contra el Albacete siguen en la retina de todos, con aquella marea humana que inundaba los aledaños de Riazor para recibir al equipo. Lo que entonces se desconocía es que el covid había entrado en el vestuario y había puesto en riesgo el éxito primero porque los cambiantes protocolos vigentes tenían un recoveco para que se decidiese en caso de incomparecencia el resultado en favor del rival y después porque el rendimiento de los jugadores se iba a ver afectado por el virus.

Perdió el Deportivo en lo que se denominó Albacetazo, un drama blanquiazul sellado en el minuto 113 en una acción episódica del rival cuando el equipo y la ciudad ya acariciaban la fiesta. Nos la quitaron de los fuciños una vez más. “Será el gol que enmarque cuando me retire”, apuntó el verdugo Jordi Sánchez en una entrevista concedida el pasado mes de febrero a este periódico. Ahora juega en Polonia. “El Dépor está demostrando que con tiempo y buen hacer está haciendo una temporada muy buena, y a ver si sube a Primera, de una vez por todas”, apuntaba. Dos goles de cabeza derrotaron al Deportivo ante un equipo entrenado por Rubén de la Barrera, contenido al máximo en la celebración. “Nos dijo un par de cositas motivadoras que nos vinieron bien. Pero él es deportivista y se le notaba que, al menos en Riazor, quería respetar a los suyos y creo que lo gestionó de una manera muy bonita”, recuerda Sánchez.
Aquella decepción curtió a una generación de deportivistas que había llegado con juvenil entusiasmo. Fue un palo que entroncó con los más duros de la historia moderna del club, el penalti de Djukic, la derrota ante el Rayo Vallecano, las continuas decepciones en la longa noite de pedra de los años 70 y 80. De alguna manera el Deportivo estaba inmerso en una nueva oscuridad, dos categorías por debajo de lo que le demandaba su historia, con una nueva propiedad involucrada en su supervivencia, pero sobre la que la gente se preguntaba hasta cuándo iba a asumir pérdidas si el equipo no lograba responder sobre el campo. Se optó entonces por la continuidad, casi como respuesta a tiempos pretéritos en los que la premura en realizar cambios se identificó a posteriori como una de las taras que lastraron a la entidad. Jiménez y Rosende siguieron en sus puestos para preparar la siguiente campaña, la tercera lejos del fútbol profesional.
Pronto todo saltó por los aires. Borja Jiménez fue despedido en octubre, tras la séptima jornada, tres victorias, tres empates (uno de ellos ante del Celta B) y una derrota en Riazor contra el San Fernando. Su salida debilitó la posición de la dirección deportiva, que reclutó a Óscar Cano, un entrenador que nunca le entró por el ojo a la gente. “El coche vino solo, no tuve ni que poner el GPS ni preguntar dónde era la cita. Cuando un club de esta dimensión llama a tu puerta, lo primero que piensas es que vas a llegar y que te va a tocar a ti triunfar”, espetó Cano a su llegada. A un sector de la afición nunca le gustó su verborrea. A otro, seguramente más mayoritario, lo que no le gustó fue que el equipo jamás fue capaz de instalarse en la posición que se le demandaba. Nunca fue líder de la clasificación el Deportivo en aquella campaña 2022-23 y ese dato ya define lo que fue, un vía crucis coronado en un tramo final de campaña que se llevó por delante a Cano cuando quedaban dos semanas para iniciar el playoff de ascenso. Otra vez un volantazo y otra vez una llamada a Rubén de la Barrera, que en su propia terminología ejerció de “deportivista y gilipollas” para ayudar al equipo.
Algunas cosas se removieron en aquella temporada en la que el ascenso directo se festejó en Ferrol y las otras tres plazas en Segunda se las llevaron equipos del otro grupo. Por Navidad volvió a casa Lucas Pérez, en un movimiento que removió al deportivismo porque el jugador de Monelos renunció a un contrato en Primera División con el Cádiz para bajar dos escalones y alinearse con el club de su corazón. Sentía que tenía una cuenta pendiente desde el descenso de 2018 y quería saldarla. “Cada noche al irme a dormir me acuerdo de ese año”, confesó.
No se puede entender la salida del barro del Deportivo sin el desatascador de Lucas, que desde luego se cobró aquella cuenta pendiente. Le costó, eso sí. “No voy a jugar en Primera RFEF, voy a jugar en el Deportivo”, aclaró en su presentación pocas horas antes de la festividad de los Reyes Magos. Su decisión de volver a vestir de blanquiazul dio la vuelta al mundo como modelo de comportamiento y amor a los colores que un futbolista siente desde niño.
Lucas cambió al equipo. Como para no hacerlo. Expansivo, seguro de sí mismo. Cuando un periodista que le quiere bien le preguntó si iba a sentir la presión en aquella multitudinaria rueda de prensa de presentación en la que medio mundo tenía los ojos puestos sobre la epopeya que protagonizaba contestó como si estuviese en el barrio. “¿Presión? No pasa nada. La quiero, gracias. Pero si por mi fuese saldría a jugar ahora mismo. Llevo muchos años en esto y ya he jugado en Riazor, ¿eh?”. Ahí le faltó un “neno”, pero tampoco hacía mucha falta. Carismático, con un nivel futbolístico muy superior al de la competición que jugaba, Lucas marcó ocho goles y proporcionó cinco más en 19 partidos. Marcó cuatro en sus tres primeros partidos y contribuyó a dejar al Dépor en la jornada 25 a un punto del líder, que entonces era el Alcorcón. Pero al equipo le faltó fútbol para gobernar la categoría y a mediados de marzo tras una dolorosa derrota en casa de la Cultural la grada deportivista pidió la dimisión de Óscar Cano.
La última punzada en el corazón del deportivismo que soñaba con el ascenso directo la clavó al aire de A Malata un delantero de mala esgrima llamado Arturo Pérez-Reverte, que marró en los instantes finales una opción clarísima de decantar el derbi. Un mes después de aquel partido Óscar Cano cogió la puerta sin despedirse.
De la Barrera llegó con dos partidos por delante para preparar el playoff. Y con las ideas muy claras. Le dio galones a Yeremay, que se había pasado la temporada saliendo del banquillo para jugar los minutos finales de los partidos. Y promocionó a David Mella, el cohete del filial, uno de los favoritos de la grada. El equipo recuperó ánimos con una goleada en Algeciras y un empate en Pontevedra y se aprestó a competir en el playoff contra el Castellón. A esas alturas ya nadie esperaba nada, la ilusión estaba guardada en el bolsillo. Pero el guion de los años del barro todavía albergaba renglones jamás vistos.

Cuarto clasificado en la Liga, el equipo se vio abocado a jugar la primera ronda del playoff con decisión en campo contrario y desventaja en caso de empate. En Riazor todo fue por el carril en un partido que se ganó (1-0) con gol de Svensson. Nadie lanzó las campanas al vuelo y con toda la prudencia se viajó a Castalia, donde se vivió otro drama porque se puede perder, pero la cuestión es cómo perder. Y ahí pocos como el Deportivo dominan tantos registros. Tres veces igualó la eliminatoria el Castellón y tres veces la empató el Deportivo, que se fue a la prórroga tras sufrir un gol en el minuto 90, otra vez cerca de la meta. Y justo antes del alargue llegó la expulsión de Mackay, que ya había firmado un mal partido y lo coronó con un error garrafal, una agresión a un rival que acabó en penalti y expulsión. El Castellón perdió la opción de ganar la eliminatoria al fallar desde los once metros. Fue engordar para morir para el Dépor, que aún llenó más la panza de la ilusión con un gol de Kuki Zalazar en el octavo minuto de la prórroga. Otra vez por alto acabaron castigando al Deportivo, que acabó derrotado bajo un aguacero que propició imágenes apocalípticas de equipo y afición entre lágrimas.
El nuevo fiasco propició una catarsis completa y algo así como una noche de cuchillos largos en la que salieron del club el presidente Couceiro y el entrenador De la Barrera. Rosende ya estaba fuera desde que se vio desautorizado con la salida de Óscar Cano y puso su cargo a disposición del club, que aceptó el ofrecimiento al final del curso. También se preparó la salida del director general David Villasuso para promocionar a Massimo Benassi, que se había incorporado meses atrás al club tras pasar por el Ibiza. Se armó un nuevo Deportivo, con otras caras. Álvaro García Diéguez, director general de Abanca Seguros, fue nombrado presidente. Benassi empezó a gobernar el día a día y llamó a Fernando Soriano, con el que ya había coincidido en el Ibiza, para la parcela deportiva. Y entre la repulsa de un ruidoso sector de la afición contrataron a Imanol Idiakez como entrenador. Muchos de los que criticaron la llegada del vasco le iban a jalear meses después.
Porque, a la cuarta, salió el Deportivo del barrizal en el que estaba. Y evidentemente no fue a través de un camino asfaltado sino tras baquetearse todavía por más baches. De los ocho primeros partidos el equipo ganó uno y al noveno, en Sabadell, llegó en puesto de descenso a Segunda RFEF. Ganó con un gol de Martín Ochoa. “Hacía falta esta victoria para que los chicos tengan un poco de respiro”, dijo Idiakez al final. También lo necesitaba él. El club le sostuvo porque tampoco en medio del hartazgo generalizado hubo un runrún contra el entrenador. Aún así Idiakez tuvo que salvar dos match ball antes de Navidad, uno en Barcelona ante el filial azulgrana y otro en O Carballiño. En ambos apareció, salvador, un héroe inesperado: el asturiano Davo.
Había nervios, pero si se mira ahora en perspectiva lo que se contempla es a un equipo que desde aquella cita en Sabadell solo perdió dos partidos más, en Irún (otro hito catártico) y en León. Siete victorias consecutivas, con cinco partidos seguidos marcando cuatro o más goles, llevaron al equipo al liderato, por el que competía con Ponferradina y Nàstic. Al final el rival más encarnizado fue el Barcelona Atlètic, que se presentó en Riazor en la antepenúltima jornada de Liga dispuesto a emular a Mallorca, Extremadura, Albacete o Castellón. Pero tal y como rezaba el tifo que presidió el inicio del partido “os tempos eran chegados”. Era el momento y tenía que ser Lucas Pérez el que rubricase el gol del ascenso con un libre directo inolvidable que desató la euforia en la ciudad.

El Deportivo regresaba a Segunda División, pero todavía había un paso que dar. Y ahí fue cuando Juan Carlos Escotet también dio el suyo. Accedió a la presidencia tras agradecer los servicios prestados a García Diéguez. Lo hizo sin el yugo de la deuda porque a finales de junio de 2024 el Deportivo anunció que “comenzaba otra historia” tras llegar a todos los acuerdos posibles para dar por finiquitado un concurso de acreedores que le tenía atado hasta el mes de enero de 2048.
Con las cuentas saldadas, Escotet se puso al frente, no tanto en el día a día o en el palco como darle certeza y liderazgo a la entidad. “El Deportivo es un sentimiento. Cualquier analista económico habría desaconsejado la compra de un equipo que estaba en un complejo concurso de acreedores y una pésima situación deportiva”, explicó en una declaración difundida por el club a modo de puesta de largo. “Trabajaremos con ahínco y sin descanso para devolver al equipo a Primera y por qué no, al fútbol europeo. Hemos conseguido logros financieros como salir del concurso que prácticamente nos llevó a la quiebra con 24 años de antelación, por lo que se nos abre una ruta ilusionante con un proyecto de futuro solvente”, explicó entonces el presidente del Deportivo.

El regreso a Segunda se zanjó con una permanencia sin agobios, con el vaivén del cambio de Idiakez por Óscar Gilsanz y el de la salida de Lucas, también con la certeza de que al equipo no le llegaba para dar el salto a los puestos cabeceros de la tabla. La campaña que ahora finaliza con un rotundo éxito se inicio con ambición, con un nuevo técnico, Antonio Hidalgo, que ya de inicio dejó claro cual era el encargo: pelear el ascenso hasta el final. “El objetivo es estar entre los seis primeros”, decía siempre que le hablaban de dar el salto a Primera.
Al final se consiguió, quizás antes de lo que se demandaba el propio club. Vuelve el Deportivo, con músculo social y económico. Ahora deberá conformar un sólido proyecto futbolístico.











