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Larga vida a la abeja

Para un chaval de once años, como mucho doce, aquel equipo era lo máximo. Es cierto que aquel crío ya era consciente de los choques de trenes entre Audie Norris y Fernando Martín. O de los duelos al sol entre Magic Johnson y Larry Bird. Pero entraba en la polideportiva y estaba tan cerca del banquillo, tan cerca de la cancha, tan cerca de aquellos gigantes, que aquella escena, para él, cobraba otra dimensión. El brillo del marcador electrónico. El estruendo de la bocina con cada tiempo muerto, con el descanso, con el final del partido. El chirrío de las zapatillas en el parqué. Aquel chiquillo se llevaba una libreta en la que dibujaba ese escudo tan llamativo, con una ola rompiente dentro de un círculo, que le recordaba un poco a los Hawks de Dominique Wilkins y Spud Webb. Allí anotaba los puntos que metía cada uno porque no sabía sus nombres. Así, al día siguiente, podía saber quién era quién cuando veía la ficha del partido en el periódico. Si todos metían, claro, un número de puntos diferente. El 10 y el calvorota que llevaba el 11 encestaban mucho cerca del aro. El 7 y el 14, al que ya conocía porque tenía un apellido un poco raro y porque jugaba en el Elosúa León que llevaba una camiseta muy molona, enchufaban un triple tras otro. El 4 no lanzaba a canasta demasiado, pero era muy currante y fuerte, un jugador de equipo.

Eran Santi Paredes, Rodolfo y Lada, como los coches soviéticos. ¿Y el del apellido extraño? Sanguino. El 4 se llamaba Urbano. El chaval, ya casi cincuentón más de tres décadas después, lo admira ahora todavía más que entonces. Larga vida a ‘la abeja que enfermó de ELA’.